martes, 23 de mayo de 2017

PRODUCCION POPULAR DE VIVIENDAS



Producción popular de viviendas
Casas para todos
Experiencias en distintos países demuestran que existen caminos alternativos a los que se utilizan en la Argentina para garantizar el derecho a la vivienda.
(Imagen: AFP)

Por Enrique M. Martínez *

Hay un clásico apotegma del campo popular que dice: “Donde hay una necesidad hay un derecho”. Esa máxima confronta decididamente con una idea que el capitalismo ha ido instalando como principio de relación comunitaria: “Donde hay una necesidad hay un negocio”. Esta idea se aplica a escenarios donde hay exceso de demanda sobre la oferta de un bien o servicio, apoyada sobre una lógica elemental del sistema vigente.

Dolorosamente, se aplica también con dureza en los ámbitos de atención de las necesidades básicas impostergables de cualquier ser humano. Especialmente en éstos.

La vivienda es un ejemplo rotundo. A medida que el capitalismo como organización productiva y el lucro como meta excluyente se fueron naturalizando, el “negocio” desplazó a la “necesidad”. El crecimiento relativo de las ciudades como lugar de residencia pone lógica presión sobre la tierra urbana, la hace un bien más y más escaso, es espacio fértil para generar ganancias por el solo hecho de disponer de tierra.

La reacción natural de los ciudadanos ha terminado siendo resignarse a que el acceso a la vivienda, como patrimonio propio, se aleje o -en todo caso- se convierta en una carga creciente sobre el presupuesto familiar. Lógicamente, la exclusión ha crecido sin pausa. En el país el déficit ya llega a los 4 millones de unidades.

Los gobiernos neoliberales consideran a la vivienda como un ámbito más de negocios y su aporte al tema se limita a habilitar líneas de crédito, algunas de ellas hasta perversas, como la inolvidable Circular 1050 o el actual sistema indexado con inflación. Los gobiernos progresistas han apelado al mismo instrumento -el crédito- subsidiando las tasas, pero con el doloroso corolario de financiar por esa vía las ganancias de los especuladores que están sentados sobre ese bien, escaso por definición. A eso han agregado inversiones en las llamadas viviendas sociales, que se entregan a población con muy modestos recursos económicos. Los fondos disponibles, no obstante, nunca han sido suficientes para siquiera achicar la brecha.

No es inexorable que esas sean las únicas opciones.

En la Argentina reciente se han registrado iniciativas públicas -varios municipios- y privadas -pocas- de comprar tierra agrícola periurbana, urbanizarlas y vender los lotes al costo, reduciendo su precio al 20 por ciento de lo que fija el especulativo mercado vigente. En el mundo, hay una historia larga, rica en opciones, y podríamos decir más doctrinaria, buscando defender a ultranza el derecho a la tierra, desplazando al negocio.

El sistema más difundido, con relevancia alta en Estados Unidos, es el de los fideicomisos de tierra comunitaria -community land trusts-, donde se compra o se desarrolla tierra urbana y se la convierte en propiedad común a perpetuidad, eliminando la posibilidad de su compra venta.

Las personas que construyen allí o que compran unidades preexistentes, no son dueñas individuales de la tierra sino de lo construido encima, pagan una proporción definida de su salario y cuando venden deben hacerlo en las mismas condiciones. El límite virtuoso de esta lógica es el que aplicó Singapur, que ha nacionalizado la tierra urbana, dejando solo un 15 por ciento para emprendimientos capitalistas tradicionales y aplicando al resto la dinámica expuesta más arriba.

Los intentos cooperativos son numerosos. En Canadá son moneda corriente. En Suecia el 18 por ciento de las viviendas son cooperativas. Hay historias numerosas que se retraen a principios de siglo 20, donde grupos de personas compraron tierra en que construyeron pequeñas ciudades donde las viviendas fueron cooperativas y una fracción se vendió en condiciones distintas para comercios e industrias, financiando de tal modo parte de las viviendas.

Todos esos sistemas, donde cada habitante es dueño de un 30/40 por ciento de su casa y el resto es comunitario, están hace décadas en luchas defensivas respecto del avance del capitalismo, que seduce a los participantes para que se retiren de la idea colectiva y busquen beneficiarse con la apreciación patrimonial de la tierra escasa.

El tema es muy dinámico y a cada momento aparecen mecanismos que buscan combinar la libre iniciativa de los individuos para elegir dónde y cómo viven con una protección real respecto de la furia por el lucro que caracteriza al capitalismo. Al parecer las mejores perspectivas la tienen las variantes del Community Land Trust (CLT), que es necesario que se investiguen a fondo y se difundan, al menos para creer que se puede escapar de la trampa vigente, que deja fuera ya a más del 30 por ciento de las familias argentinas.

Recuerdo la clave: aferrarse al derecho, descartando el negocio. Sin que confundamos derecho con algo que cae del cielo; pero sin que caigamos en creer que para tener un techo propio debemos eliminar la alegría de nuestra vida cotidiana, llegando a sacrificios tan exagerados como innecesarios.

* Instituto para la Producción Popular.
FUENTE: https://www.pagina12.com.ar/39055-casas-para-todos

miércoles, 29 de octubre de 2014

Por mas tierras mas viviendas y mas trabajo para todas las familias

EL MUNDO › EL ENCUENTRO MUNDIAL DE LOS MOVIMIENTOS POPULARES QUE SE ORGANIZO EN EL VATICANO

El Papa recibió a Evo, campesinos y cartoneros.

Morales, que participó del encuentro como ex dirigente cocalero, dijo que hay que ver “cómo reconfigurar el capitalismo”, pero también cómo “refundar la democracia” y recuperar “la soberanía sobre los recursos naturales”.

Por Elena Llorente Desde Roma

El papa Francisco y el presidente de Bolivia, Evo Morales, coincidieron ayer en criticar, con bastante sinceridad, las injusticias del sistema económico vigente –“aunque algunos puedan criticarme de comunista”, advirtió el Papa–, al participar del Encuentro Mundial de los Movimientos Populares realizado en el Vaticano y promovido por el Pontificio Consejo Justicia y Paz. Ante casi un centenar de organizaciones de campesinos, cartoneros, recicladores, entre otros, de todo el mundo, el máximo exponente de la Iglesia y el único presidente indígena de América latina coincidieron también en la defensa de la ecología y en un rotundo “SI a la paz NO a la guerra”. Es la primera vez que se realiza en el Vaticano una reunión de esta naturaleza, cuyo objetivo es debatir las causas de la creciente desigualdad social y el aumento de la exclusión en todo el mundo y reflexionar sobre las experiencias organizativas de los movimientos populares en la resolución de esos problemas.

Dirigiéndose “a todos ustedes que sufren en carne propia la desigualdad y la exclusión”, Francisco volvió sobre la “solidaridad”, tema en el que insiste a menudo en sus homilías. Esta palabra significa “pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. También es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de la tierra y de la vivienda, y contra la negación de los derechos sociales y laborales”. Y refiriéndose a la reunión de los Movimientos Populares que empezó el 27 y concluirá hoy en el Vaticano, indicó que “este encuentro nuestro responde a un anhelo muy concreto. Un anhelo que debería estar al alcance de todos, pero hoy vemos con tristeza cada vez más lejos de la mayoría: tierra, techo y trabajo. Es extraño, pero si hablo de esto, para algunos resulta que el Papa es comunista. Se entiende poco casi nada que el amor a los pobres es central en el Evangelio, indicó.

El papa Bergoglio también se refirió a la que él llama “la cultura del descarte”, que sucede “cuando al centro del sistema económico está el dios dinero en vez del hombre”. El descarte de los jóvenes a quienes les falta trabajo, de los niños a los que se mata antes de nacer o que mueren por faltarles adecuada alimentación y de los ancianos porque ya dejaron de producir. Francisco también se refirió a la paz y a la ecología, señalando que, como es lógico, “tendremos tierra, techo y trabajo si construimos la paz y cuidamos el planeta”, y anunció que está preparando una encíclica sobre ecología. “Algunos de ustedes expresaron: este sistema ya es insoportable. Tenemos que cambiarlo, tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos. Hay que hacerlo con coraje e inteligencia, evitando el fanatismo; con pasión, evitando violencias”, concluyó el pontífice, indicando como “programa de acción” algunas lecturas “revolucionarias”, según dijo, de los Evangelios de San Mateo y San Lucas.

Evo Morales, que participó como ex dirigente cocalero en vez de presidente de Bolivia, por la mañana saludó brevemente al Papa cuando éste hizo su discurso en la antigua sala del Sínodo, dentro del Vaticano, donde se realizó la reunión. Y por la tarde intervino como un dirigente campesino más. “El gran pecado de la humanidad es el capitalismo –dijo–. Para el capitalismo carece de objetos sagrados. Todo se vende y se compra como una mercancía, incluso la vida.” Según Morales, hay que ver “cómo reconfigurar el capitalismo”, pero también cómo “refundar la democracia y la política”, y recuperar “la soberanía sobre los recursos naturales”. Su discurso también condenó la guerra porque, dijo, “la peor agresión a Dios y a sus hijos es la guerra, porque la vida cambiará para siempre”, y recordó la invasión del siglo XIX que sufrió su país y la guerra del cobre y el salitre con Chile, impulsada por intereses ingleses, donde Bolivia perdió su salida al mar. Y tuvo palabras elogiosas para Francisco: “Hoy día, de verdad, me siento que tengo Papa, comprometido con su pueblo, con un pensamiento revolucionario, con sentimiento social y sobre todo con propuestas de cambiar y acabar con la violencia y la guerra”.

Poco después, el Papa y Evo mantuvieron un encuentro a solas. Un encuentro “privado e informal –explicó el portavoz del Vaticano, el padre Federico Lombardi–, una expresión de afecto y cercanía con el pueblo y la Iglesia bolivianos, y un apoyo para la mejora de las relaciones entre las autoridades y la Iglesia en el país”.

Sergio Sánchez, presidente de la Federación de Cartoneros de la Argentina y que conoció al Papa siendo éste arzobispo de Buenos Aires, dijo que “el que se queda callado pierde”. “Hoy, gracias a la fuerza que nos da Francisco, seguiremos luchando por los tres derechos que él subraya: tierra, techo, trabajo”, añadió, recordando que comenzó a ser cartonero en 2001, en plena crisis económica, porque lo despidieron de su trabajo. “Nosotros hemos hecho una labor que en la Argentina la hacen pocos casi nadie.” Y muy útil por lo demás para salvar al planeta, dicen los ecologistas. Basta recordar que, en Italia, recién hace pocos años se comenzó la recolección diferenciada que ahora, en muchas regiones del país, tienen obligación de hacer las familias en casa.

Suha Jarrar, una joven palestina que vive en Cisjordania y que trabaja con Union of Agricultural Work Committees, una organización sin fines de lucro que ayuda a los agricultores palestinos, dijo a Página/12 que en su país hay una emergencia general después de la reciente guerra con Israel. La gente además de perder su casa, perdió sus campos, sus animales y sus cultivos. Hay peligro de infecciones y otras enfermedades porque decenas de cuerpos de seres humanos y animales han quedado bajo los escombros de los bombardeos. Pese a que en su país la mayoría es musulmana, vino a esta reunión en el Vaticano porque lo importante es que se hable de Palestina, de las presiones internacionales. “Esto dejó de ser un problema religioso. La Iglesia Católica tiene mucha influencia, incluso política, en mi país”, contó.

Mientras una campesina salvadoreña denunciaba la ola de violencia que hay en su país y que arrastra a los jóvenes campesinos, que son más vulnerables, para convertirlos en sicarios, Magdalena Lázaro, indígena aymara de Bolivia, secretaria general de la Confederación Nacional de Indígenas Originarios, destacaba la importancia del encuentro con Francisco“Ha sido muy importante encontrarse con el Papa porque nos da alegría, nos da fuerza –dijo a este diario– para nuestra lucha, porque nosotros buscamos justicia, tener una vivienda, trabajo y tierra, de la que estamos despojados. Yo siempre he sido campesina, de sembrar papa, quinoa, chuño, de tener llamas y alpacas. Esta reunión puede ser muy importante porque uno toma más fuerza para seguir en la lucha.”.

Para Nora Padilla, de Colombia, quien empezó a recolectar basura cuando tenía seis años junto a su madre y su abuela, y hoy es la representante de la Asociación Nacional de Recicladores y de la Red Latinoamericana de Recicladores, “el discurso del Papa nos llama a continuar nuestra lucha”. Ella y sus compañeros se consideran haber sido los que sentaron las bases para que hoy Colombia sea considerada el cuarto país del mundo en materia de reciclado, después de Alemania, Dinamarca y
Holanda.

Fuente: Texto libre del artículo publicado en el Diario Página/12

domingo, 27 de abril de 2014

Ideas para resolver el problema de la vivienda y el trabajo para todas las familias

¿Cómo se soluciona el problema de las villas?

Por: Darío Mizrahi dmizrahi@infobae.com

Millones de personas en América Latina viven en barrios precarios, excluidos de servicios esenciales y al acecho de mafias, mientras el Estado les da la espalda

En 1950 vivía en ciudades sólo el 41% de la población latinoamericana. Medio siglo después, la proporción se duplicó y ya supera el 82 por ciento. En términos absolutos, el incremento fue mucho mayor.

El desarrollo de la infraestructura urbana estuvo muy por detrás de ese proceso, lo que empujó a millones de personas a instalarse en barrios precarios y asentamientos informales que no cumplen con condiciones mínimas de seguridad. Son las favelas en Brasil, las villas miserias en Argentina y las ciudades perdidas en México.

Tras más de una década de crecimiento económico y reducción de la pobreza, los países de la región no pudieron mejorar la calidad habitacional de los sectores populares.

Comunidades en riesgo

La población en los asentamientos populares es, antes que nada, una población en riesgo. Por lo precario de las construcciones, por estar asentados en zonas muy contaminadas, o por la presencia de bandas criminales.

"Uno de los principales problemas son las malas condiciones ambientales. Ocurre en el Riachuelo, en Buenos Aires, Argentina, donde la cuenca está sumamente contaminada. O en Medellín, Colombia, donde hay riesgos de deslaves", explica Antonio Azuela, doctor en sociología por la Universidad Autónoma de México y especialista en estudios urbanos, consultado por Infobae.

Pero hace tiempo que un tema acaparó la atención de los ciudadanos más que cualquier otro. "Desde 2007 hasta ahora, más seguridad es la principal demanda de los latinoamericanos", cuenta a Infobae el arquitecto ecuatoriano Fernando Carrión, maestro en Desarrollo Urbano Regional.

Ese reclamo es mucho más fuerte en las villas y favelas, donde por el accionar del crimen organizado se generalizan la venta de drogas, los ajustes de cuentas y los robos que amenazan la vida de los vecinos.

Esta cotidianidad es estremecedoramente descripta por Ciudad de Dios, el film brasileño dirigido en 2002 por Fernando Meirelles. A través de distintos relatos verídicos reconstruye la vida de los jóvenes en una favela de Río de Janeiro, donde la violencia se presenta como el principal canal de vinculación entre las personas. Su retrato no dista mucho de lo que se vive todos los días en muchos asentamientos de las principales ciudades latinoamericanas.

"La película cuenta una historia política de la favela, en la que el narcotráfico se apodera de las instituciones locales y somete el barrio a su control. Eso es real", dice Azuela.

¿Pero por qué estos barrios están más expuestos que los acomodados a sufrir la acción de bandas criminales? "A veces influye un problema urbanístico -responde el sociólogo-, como lo angosto del trazo de las calles y la presencia de pasadizos. Esto de alguna manera favorece el crimen. Pero lo más importante es cómo se relacionan las comunidades con el Estado".

Al poseer menores recursos económicos, políticos y simbólicos que los sectores medios y altos, los pobres tienen una menor visibilidad en la agenda gubernamental. Eso puede favorecer que la presencia policial en las barriadas populares sea mucho más esporádica. Y que cuando esté, no siempre sea para servir a la comunidad.

"Hay un problema de ausencia del Estado -dice Carrión-, que se expresa principalmente en la absoluta incapacidad de respuesta para generar seguridad. El desprestigio que tienen las policías en América Latina está muy claro, y lo mismo pasa con la justicia. Esto ha contribuido a que la gente empiece a desarrollar formas de justicia por mano propia, o busque apoyarse en distintas formas de guardianía civil".

"Las bandas del crimen organizado y del narcotráfico -continúa- imponen sus propios criterios de justicia, y reemplazan a las leyes por códigos de fuerza. Frente a la ausencia del estado, la norma que impera es la ley del más fuerte".

Soluciones posibles y modelos exitosos

Medellín, un ejemplo a seguir

Las intervenciones del Estado sobre estos barrios deberían estar guiadas por un principio básico: reducir el riesgo de vida que enfrentan sus habitantes.

Para eso es necesario empoderar a los gobiernos locales, porque ellos son los que están en contacto con los vecinos, los que les rinden cuentas.

América Latina avanzó mucho en descentralización a lo largo de las últimas décadas. "En 1985 sólo 8 países elegían a las autoridades locales. Hoy lo hacen todos. Por eso mejoraron la representación de la población, los recursos y las competencias. Esto favorece la posibilidad de desarrollar un urbanismo ciudadano", dice Carrión.

La primera medida para reducir los riesgos asociados a la precariedad es decidir qué asentamientos o qué partes pueden ser mejoradas en el mismo lugar, y cuáles deben irse por ser inhabitables. Para eso es fundamental el diálogo entre los gobiernos locales y los vecinos.

"Hay que ver qué espacios de las villas se pueden urbanizar y cuáles no. Personalmente defiendo que los asentamientos permanezcan, pero hay zonas que deben ser erradicadas por el riesgo. Es una decisión política difícil y ardua, que debe tomarse con sabiduría y firmeza", explica Azuela.

Medellín es un ejemplo exitoso de soluciones prácticas y originales a los problemas de las barriadas populares. Las iniciativas comenzaron durante el gobierno de Sergio Fajardo, que asumió la alcaldía en 2004.

En la ciudad había un asentamiento sobre un basurero, que un día se incendió y destruyó gran parte del barrio. El resultado fue tan catastrófico que la comunidad tomó conciencia de que no podía haber tantas personas viviendo en condiciones tan aberrantes.

"Una de las cosas que hizo el gobierno -cuenta Azuela- fue crear un centro cultural diseñado por el mejor arquitecto del país en medio del asentamiento. En él se realizan todo tipo de talleres, y se dan programas antidrogas. Como ocupa dos manzanas, se tuvieron que ir muchas personas que vivían en ese espacio. A la entrada del centro, se puede ver en un vidrio la lista con los nombres de quienes vivían y ahí y aceptaron ser removidas".

El famoso teleférico de Medellín

"Para hacer bienes públicos es necesario reconocer que algunos van a tener que sacrificarse, pero que la sociedad los va a recompensar. Por eso hay que rendirles homenaje. Forma parte de un pacto social que requiere un trabajo político de convencimiento", agrega.

Otra de las políticas públicas prioritarias debería ser combatir la segregación espacial según el poder socioeconómico. Eso requeriría aplicar ciertas políticas regulatorias.

"El capital inmobiliario opera según criterios de ganancia. Si no hay intervenciones estatales que compensen un poco las desigualdades, hay poblaciones que van a estar cada vez más segregadas, como islas en el espacio urbano", dice Azuela.

"El mercado tiene un lugar muy importante -continúa-, pero cuando los estados dejan toda la iniciativa a lo que proponen los promotores inmobiliarios, tienen la villa de un lado y el centro comercial del otro, dedicado a consumidores que no son de la villa. La administración pública puede promover los espacios intermedios".

El transporte también incide sobre la segregación o la inclusión. En Medellín la mayor parte de los asentamientos se alzaban en las laderas de los cerros, y hasta allí no llegaba ningún medio de transporte. Los vecinos estaban asilados.

La respuesta de Fajardo fue construir un teleférico que comunica el centro de la ciudad con el corazón de la barriada. El resultado fue muy positivo, porque contribuyó a unir a una urbe que estaba fragmentada.

El conjunto de políticas implementadas en Medellín tuvo otra consecuencia muy valorada: reducir drásticamente los niveles de criminalidad. Al integrar al resto de la ciudad a sectores antes excluidos, y al favorecer el ingreso del Estado para regular, lo que antes era tierra de bandas se convirtió en un espacio de respeto a la convivencia.

Fuente: Diario Infobae